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“Instantáneas de la beatlemanía…”,  de Alejandro Toledo

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CIUDAD DE MÉXICO.- La zacatecana firma DosFilos Editores publica un atractivo libro con 112 páginas del escritor y melómano Alejandro Toledo en su “colección única”, Instantáneas de la beatlemanía y otros apuntes sobre música y cultura, con los siguientes siete ensayos:

  • Instantáneas de la beatlemanía.
  • Los Beatles en la narrativa latinoamericana.
  • Conformarse vende.
  • Las otras batallas de Syd Barrett.
  • Björk en la masmédula.
  • Balada para Ana Luisa.
  • Mi vida en diez canciones.

Premio Bellas Artes de Periodismo Cultural 1992 y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, Toledo (Ciudad de México, 1963) ha publicado, entre otros títulos: Tres cuentos del mar(1993), Cuadernos de viaje (1998), James Joyce y sus alrededores (2004), Todo es posible en la paz: de la noche de Tlatelolco a la fiesta olímpica (2008)A sol y asombro y Mejor matar a caballo(2010).

Por gentileza del director de DosFilos, José de Jesús Sampedro, ofrecemos fragmentos de “Conformarse vende” de este libro (cuya simpática ilustración en portada con Los Beatles en blanco y negro es del ducho dibujante Luis Fernando).

Conformarse vende

Los años sesenta parecen todavía un asunto vivo. Son continuas las referencias a personajes y a situaciones de la época tanto en lo cultural como en lo político.

Hay cuentas pendientes, por ejemplo, en lo que respecta al 2 de octubre mexicano (pues los culpables de la matanza de Tlatelolco se mantienen sin juicio ni castigo); y también se revisan día con día los efectos sociales (costumbres, forma de vestir, ética y estética) que pudo haber provocado esa década cambiante.

Aún escuchamos a los Beatles, los Rolling Stones y los Doors (y a muchas otras agrupaciones musicales); o, en cuanto al pensamiento o a la reflexión, se habla de Herbert Marcuse, Alan Watts y Theodore Roszak, centrales por sus exploraciones en lo alternativo o contracultural…

Una cinta de 2003 (Los soñadores de Bernardo Bertolucci) se sitúa en el mayo de París en 1968, ese mismo (por lugar, año y mes) en el que se detiene Carlos Fuentes en Los 68 (2005) , que rescata un texto (crónica o mosaico de voces) publicado entonces por la editorial Era (París, la revolución de mayo), al que se agregó un ensayo sobre la novelística del checo Milan Kundera (con lo que se cubre indirecta e insuficientemente la Primavera de Praga) y un fragmento de Los años con Laura Díaz (1999), reseña mínima –y de las modestas virtudes literarias– acerca de la matanza de Tlatelolco.

Lo único realmente nuevo de ese libro fue un prólogo de seis páginas, donde Fuentes define a 1968 como “uno de esos años-constelación en los que sin razón inmediatamente explicable coinciden hechos, movimientos y personalidades inesperadas y separadas en el espacio”, y se pregunta qué tanto de lo ocurrido luego puede considerarse como efecto de esos meses de febril cuestionamiento, para dejar la pregunta en el aire. ¿Quién lo sabe? Quizá, dice, sin mayo en París, sin Primavera de Praga y sin Tlatelolco en México, las nuevas sendas de la democracia y de la crítica social se hubieran, de todos modos, abierto paso. Esto también habría sucedido, acaso podría agregarse (con esa misma lógica), sin Carlos Fuentes.

En Rebelarse vende: el negocio de la contracultura (2005), un par de investigadores canadienses, Joseph Heath y Andrew Potter, extienden la duda y le dan su vuelta de tuerca (a la derecha): para ellos, la influencia de los años sesenta (en el arte y en las ideas) no sólo fue cierta al final del siglo XX, sino, además, dañina, puesto que instauró un irresponsable sentido crítico, la peligrosa inconformidad contra lo establecido (que conlleva, cito, ¡“un espectacular descenso de la cordialidad”!). Según Heath y Potter, habría que aceptar a la sociedad de masas tal y como es o procurar acaso algunas reformas, pero no intentar (nunca de los nuncas) cambiarla por completo.(…)

En Los 68, confía Carlos Fuentes en que los negocios públicos cambiaron para bien después de los años sesenta gracias o no al mayo de París, la Primavera de Praga o el movimiento estudiantil mexicano (que él reduce a Tlatelolco); en Rebelarse vende, ambos investigadores canadienses (¿asquerosamente derechistas?) cuestionan a los cuestionadores de esa década por impulsar una relación hostil entre las sociedades y sus instituciones, y perciben el mito contracultural como un lastre… Las miras son cortas, pero el tema está ahí.

* * *

Una de las dificultades de Rebelarse vende es ajena a los autores y corresponde a la edición mexicana, que obliga al lector a ir una y otra vez al diccionario para poder entender términos de uso común en España, de donde es la traducción original… por desgracia no revisada para que circulara en territorios hispanohablantes distintos, lo que debe ser tomado como una descortesía. ¿Qué será eso de que el gobierno te mande a la “pasma o “A casa a “levantarte el alijo”? ¿Qué es llamarle “bofia” a la policía? ¿Cómo es un entorno irremediablemente “hortera”? ¿Quién se reconoce como “estrecho” o “pringado” o “pijo”? ¿Quiénes son los deportistas “cachas”? O, por último, ¿qué es “macarra”?

Según la Real Academia, se califica como macarra a una persona agresiva, achulada; vulgar y de mal gusto; o, de plano, a un rufián. En el libro, uno de los autores refiere su traumática experiencia dentro de la cultura punk, y describe lo que ocurría cuando salía a la calle con su disfraz rebelde:

“Las señoras mayores me miraban mal por la calle, los macarras me gritaban burradas al pasar en coche, los vigilantes de seguridad me seguían sin ningún disimulo por todo el supermercado y los Testigos de Jehová se empeñaban en darme un ejemplar de su revista”.

Por estas reacciones, el personaje tenía la impresión de estar haciendo algo de veras radical, “de estar poniendo a prueba a la gente, abriéndoles la mente, sacando a las masas de su letargo conformista”; él (no se define en el texto a cuál de los dos investigadores le ocurrió esto) era “el filo de la navaja, el comienzo de una gran revolución, la señal más obvia del inminente derrumbe de la civilización occidental”.

Pronto se daría cuenta de que las cosas no eran de ese modo, vendría el desencanto y se volvería una persona común. (…)

Tal es el objetivo central de Rebelarse vende: convertir al rebelde en conforme, reconciliarlo con la sociedad y educarlo en el respeto por lo establecido. Hacerle ver que “el desorden es mucho más peligroso para nuestra sociedad que el orden”, y que “habría que dejar de preocuparse por el fascismo” porque a nuestra sociedad le haría falta tener más normas, no menos” (cursivas de los autores). Ahí está el caso, para no ir muy lejos, de uno de los dos canadienses que firman el libro, que fue punk y que pronto se volvió un efectivo, pues no brillante, pensador de derechas, un severo crítico de la contracultura, alguien que prefiere las soluciones sencillas para los problemas sociales concretos y no los cambios “profundos” o “radicales” que, considera, jamás podrían aplicar con eficacia.

Nada de lo alternativo tiene la aprobación de este par de investigadores: ¿para qué acudir a ello si hacerlo implica un rechazo de lo institucional que tan bien funciona cuando no se le combate? Entre un médico alópata y un homeópata, preferirán siempre al primero, puesto que el “tratamiento alopático se impuso por éxito espectacular en la prevención y curación de enfermedades”, y lo homeopático queda como un resabio de los tiempos antiguos, de cuando se sabía poco sobre el funcionamiento del cuerpo humano, y preferirlo es rechazar el progreso… aunque aceptan, a regañadientes: “Sin embargo, es cierto que algunas enfermedades quizá se curen con remedios homeopáticos tradicionales”.

La mera exposición de las “ideas” que mueven esta obra lleva a la caricatura, puesto que su método es simple: identificar aquello que tienda a la izquierda, simplificarlo en su descripción y, en seguida, descalificarlo. Además, su lista de peligrosos “rebeldes contraculturales” llamará a la risa:

Oliver Stone y J. R. R. Tolkien, los hermanos Wachowski y Alanis Morisette, Herbert Marcuse y Kurt Cobain, Iván Illich y Roger Waters, el capitán Kirk, de Star Trek, y Michael Foucault, Norman Mailer y Michael Moore, Spike Lee y Naomi Klein, Theodore Roszak y el personaje Lester Burnham de Belleza americana, entre otros. Les faltó incluir, quizás, a Julie Andrews, por La novicia rebelde, aunque el título en inglés (The Sound of Music) no es tan alternativo como el que tuvo en México la película de Robert Wise.

Se dirá, al fin, en el español madrileño en el que fue traducido Rebelarse vende: “¡Anda, qué se han creído estos macarras! ¡Cómo es que estos tíos se han visto tan estrechos!”.

 

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